miércoles, 10 de noviembre de 2010

Regiomontana de mis amores

Publicado por Luis


Dicen que no guardo duelo, llorona,
porque no me ven llorar,
hay muertos que no hacen ruido, llorona,
y es más grande su penar.”

-La Llorona-

"Corazón apasionado,
Disimula tu tristeza… "

-Canción popular-

¡Ay, regiomontana de mis pesares! A punto estoy de olvidarte y no. No quiero, nomás no. ¿Y quién le manda a un sureño a enamorarse de una regiomontana tan hermosa como tú? Nomás Dios sabe porqué hace las cosas, corazón, ya no te mates. Dicen por ahí que el amor puede ser eterno, y yo no sé si sí o si no, pero yo te seguiré queriendo. ¿Te das cuenta, corazón olvidado? Muchas lágrimas lloraste tú por mi amor, ahora ni recuerdos quedan.  Una herida abriste en mi corazón, mucho daño nos hicimos tú y yo, pero ya vez: yo sigo aquí (y seguiré hasta que Dios me preste vida). Bien sé que ni dejarte ni tenerte puedo, ambas cosas me hacen daño, con ambas cosas me muero. Pero ni olvidarte ni amarte puedo, si el cielo no consiente mis desvelos ni tu corazón se rinde a mis deseos. Está bien: llena tu corazón, tu vida y tu mente de este mundo, llena de experiencia tu entrepierna, si eso quieres, que yo te espero con paciencia aunque sé que tú no vuelves… y brindaré con tequila a tu salud, regiomontana de mi corazón.

lunes, 8 de noviembre de 2010

Corazón coraza

Publicado por Luis

"¿Quién dijo que todo está perdido? ¡Yo vengo a ofrecer mi corazón!"
-Fito Paez-


CORAZÓN CORAZA

Porque te tengo y no
porque te pienso
porque la noche está de ojos abiertos
porque la noche pasa y digo amor
porque has venido a recoger tu imagen
y eres mejor que todas tus imágenes
porque eres linda desde el pie hasta el alma
porque eres buena desde el alma a mí
porque te escondes dulce en el orgullo
pequeña y dulce
corazón coraza
porque eres mía
porque no eres mía
porque te miro y muero
y peor que muero
si no te miro amor
si no te miro
porque tú siempre existes dondequiera
pero existes mejor donde te quiero
porque tu boca es sangre
y tienes frío
tengo que amarte amor
tengo que amarte
aunque esta herida duela como dos
aunque te busque y no te encuentre
y aunque
la noche pase y yo te tenga
y no.

-Mario Benedetti-

lunes, 1 de noviembre de 2010

El amor maduro. Parte I

Publicado por Luis



Me di cuenta hasta hace cinco minutos de lo propenso y sensible que soy al cambio y todo lo que eso implica; pero no en el mejor sentido de la palabra, sino todo lo contrario. Me refiero: no al cambio “bueno”, positivo, al que se ve con optimismo y encara con determinación el oscuro porvenir. No, ése no. Me refiero al otro cambio, en el que me dejo caer, así, sin más ni más.

Estaba dando vueltas en la cama hace cinco minutos, pensando en ella, de nuevo. Recordándola. Y le di, una vez más, una vuelta completita al asunto (¡esto de la infidelidad es un desmadre!) recorriendo los mismos recovecos del recuerdo, la misma angustia y el mismo silencio, los mismos sinsentido de siempre. Llegando siempre a la misma conclusión: TODOS SOMOS UNA BOLA DE INMADUROS, Y PUNTO FINAL. Y, en efecto, así es. Y amén por eso.

Seguía dando vueltas en la cama buscando una respuesta como una piedra filosofal a mis preguntas. Normalmente siempre daba con pretextos morteros, placebos conformistas como chivos expiatorios. Comodines que yo mismo me inventaba para dejar de joder y dormirme de una buena vez, pero no esta vez. Creo que de tanto pensar y pensar di con algo nuevo, con algo que no había dado las otras veces:

Empecé dándome cuenta de que, quiera aceptarlo o no, estoy pasando por una etapa de desenfreno para desahogarme y encontrar consuelo y alivio en algún mágico lugar; de ahí derivé en que, debido a lo mismo, me he vuelto más egocéntrico, vanidoso, orgulloso y narcisista; por lo tanto no he pensado en nadie más que en mi. Entonces di en el clavo. Me di cuenta de que siempre vi el problema desde MI punto de vista. Jamás me tomé la molestia de preguntarme qué sentía ella, hasta ahora…

¿Qué sentirá ella?

Es obvio que la respuesta no es sencilla. Ignoro completamente lo que ella siente o pueda sentir. Disto años luz de tener una pizca de noción de lo que pueda estar pasando por su mente y por su corazón, ¿y qué le vamos a hacer? La respuesta, si la hay, sería banal. Artificial. Inventada, por supuesto…

Creo que el mejor modo de tener un boceto surrealista de su sentir sería no inventarlo, sino vivirlo. Es decir: ponerme en su lugar. Y así lo hice:

¿Qué sentiría yo, en primera, si fuera mujer? Nunca las he entendido y dudo poder hacerlo algún día, pero por lo que las he conocido sé que son muy sensibles, celosas, rencorosas y orgullosas. Bien, es un avance. Ahora, en específico: ¿Qué sentiría yo si fuera ELLA? Bueno, ella es muy hermética con sus sentimientos y para ella es muy fácil disfrazar su sentir. Pero, normalmente, cuando lo hace siempre ocupa sentimientos opuestos para disimular un poco. Así que… no debe estar tan bien como ella dice estarlo (tal vez, sólo tal vez). Ahora comprendo un poco más. Sigamos: ¿qué sentiría si fuera ELLA y mi novio (o sea: yo) me hubiera sido infiel? –este paso es mucho más difícil puesto que ya estoy tocando mi propia integridad, procuro ser lo más honesto posible, sobre todo conmigo mismo- bueno, es obvio que me sentiría mal, como cualquier otra persona que pase por lo mismo… ¿qué tanto? Bueno, eso ya depende mucho del amor que me tenía y la confianza que había depositado en mi… y ella me quería mucho, yo lo sé. Confiaba en mi. De acuerdo: le dolió mucho. Ahora algo aún peor, una pregunta mucho más cruel y dolorosa: ¿qué sentiría yo si fuera ELLA y mi pareja me hubiera sido infiel con una amiga mía? –(¡chic!)- yo le partiría su cara (a ambos) pero yo no soy yo. Soy ELLA. Y lo que ELLA haría sería mandarlos muy al carajo a los dos (y, con razón, es lo que hizo). Me quedaría el coraje y el resentimiento por parte de los dos. Ambos traicionaron mi confianza. ¡Ya veo!, ahora entiendo todo.

Pero me quedan aún muchas dudas. Ya aclaré lo que, probablemente, sienta, pero… ¿qué sigue? Bueno, por parte de ELLA será mejor olvidar todo y seguir adelante, alejarse mucho de lo que fue, pero dudando un poco de si alejarse o no de la posibilidad de que pueda volver a ser.

Todo esto lo pensé (me gustaría decir que, de cierto modo, lo descubrí) hace cinco minutos. Ahora sigo pensando, ¿qué sigue, Luis? Ahora que tengo una probable noción de lo que pasa… ¡no sé!

Alguna vez una amiga me hablaba del amor maduro. Parecía algo muy complejo puesto que no podía explicarlo bien, no sabía cómo exponerlo (será porque es algo que, simplemente, no se puede explicar ni entender, simplemente se vive). Ahora me pregunto yo: ¿qué carajos es el amor maduro?

Creo que la mejor explicación (más bien: exposición) sobre ése tema la leí alguna vez de Jorge Bucay:

* “[…] Empecemos por lo obvio. El amor es un sentimiento y, como tal, está, por supuesto, relacionado con el sentir… ¿sentir qué?

No sin antes recordarte que no hay absolutos, te cuento que lo que más me gusta identificar a mí con el amor es lo que define Joseph Zinker como: el regocijo por la simple existencia de otra persona, o quizá debería decir de lo amado (persona o no).

Esto significa que amar es independiente de lo que lo amado haga, diga o tenga; que mi amor no depende de que lo amado esté a mi lado o se vaya; que cuando amo no me aferro, no manipulo, no presiono. Que amar, finalmente, es la aceptación total del otro.

Recuerdo ahora a Carl Rogers:

Cuando percibo tu aceptación total, entonces, y solo entonces, puedo mostrarte mi yo más suave, mi yo más delicado, mi yo más amoroso y, sobre todo, sólo entonces, puedo mostrarte mi yo más vulnerable.

Esto separa dentro de mí el amor de tres cosas que suelen confundirse con amar:

• Estar enamorado.

• Querer.

• Necesitar.

Necesitar es la imprescindibilidad de algo (como el oxígeno). Y yo, personalmente, dudo que se pueda necesitar a alguien. Sí, sé que a veces me autoconvenzo de que “necesito” a alguien. Y, sin embargo, también sé que me miento cuando así lo creo.

Siento que cuando “te necesito” dependo de ti para sobrevivir, te obligo implícitamente a hacerte cargo de mi afecto, desaparezco como persona e intento transformarte en alimento vital.

Querer, en cambio, sabe que no existe tal necesidad. Pero “querer” en realidad proviene del latín quarere, y significa “tratar de obtener”.

“Querer” es el deseo, el apetito. “ Querer” es querer para mí. Si “te quiero” te estoy implicando en una suerte de pertenencia, en una petición, no en una exigencia de estar, de permanecer, de darme, de valorarme.

Y aun cuando en el lenguaje coloquial utilicemos el “te quiero” como sinónimo, no está mal la idea de ser conscientes de lo que decirnos para alejarnos del afán posesivo, que indudablemente pocas cosas buenas construye para el amor.

Estar enamorado no tiene nada que ver con todo lo anterior porque, para mí, “estar enamorado” no es un sentimiento sino una pasión.

De pasión dice el Diccionario de la Real Academia: “1. Acción de padecer. 2. Lo contrario a la acción. 3. Estado pasivo en el sujeto. 4. Perturbación o afecto desordenado del ánimo”.

Que la pasión es perturbadora, no tengo, personalmente, ninguna duda. ¡Pero atención! Esto no quiere decir desagradable.


Si yo pudiera elegir cómo sentir a las personas de mí alrededor, elegiría enamorarme con toda la intensidad de la que soy capaz.
Elegiría que mientras esa pasión disminuye, debajo de ella creciera el sentimiento.
Elegiría que ni yo ni el otro nos asustáramos de la desaparición de la pasión y que supiéramos enfrentarnos con el cambio de intensidad por profundidad…
Elegiría que ese sentimiento fuera amor y no sólo querer.
Y, finalmente, elegiría que se diera la posibilidad de reenamorarme, de vez en cuando, de la persona que amo.”

(No lo pude haber dicho mejor…)

Pues yo no lo sé de cierto, sólo supongo. Y supongo que en mi caso (y en todos los casos de todas las demás personas) todo tiene solución. A veces no lo parece, o la solución que aparece no parece factible, a veces duele mucho, pero todos los cambios son para bien, aunque duelan. Y, como ya lo dije antes, soy y estoy muy susceptible al cambio y todo lo que eso implica.

Ahora mismo no puedo hacer absolutamente nada, excepto intentar dormir y dejar de pensar tanto. Pero, con respecto al amor maduro…

Creo que lo mejor será cerrar las heridas que quedaron abiertas, y ayudar a sanar las que yo mismo abrí (sin esperar nada a cambio, es decir: que ella vuelva). Sanar yo mismo mis propias heridas y aceptar con humildad su ayuda (si es que me quiere ayudar) a que ella cierre las heridas que me abrió –porque yo acepto mi parte de responsabilidad de que la relación fallara y terminara, sin embargo para que la cierra corte tiene que ir y venir. Yo hice cosas malas, lo admito, pero ella…-. Eso costará tiempo y esfuerzo, pero como dijo Haruki Murakami: “La vida es esencialmente injusta. De eso no cabe la menor duda. Pero creo que incluso de las injusticias es posible extraer lo que de “justicia” haya en ellas. Puede que ello cueste tiempo y esfuerzo. Y puede que ese tiempo y ese esfuerzo sean en vano. Decidir si merece o no la pena intentar extraer esa “justicia” es algo que, por supuesto, queda al criterio de cada uno” (y a mi criterio, vale mucho la pena).

Es obvio que nada volverá a ser igual. Como me dijo una amiga alguna vez: “Hay cosas que se perdonan pero no se olvidan”. Nada pasa dos veces del mismo modo, pero no tiene por qué. La cosa no es “olvidar” eso es imposible. Creo yo que lo más “maduro” en este caso es perdonar (y saber cómo hacerlo) y aceptar, y caminar… si se da, se dará, si no, no hay remedio. Como dijo Fritz Perls: “Yo hago lo mío y tú haces lo tuyo. No estoy en este mundo para llenar tus expectativas y tú no estás en este mundo para llenar las mías. Tú eres tú y yo soy yo. Y si por casualidad nos encontramos, es hermoso. Si no, no puede remediarse.”

Pero estas son sugestiones mías, son ideas raras que se me ocurren. Aún no sé lo que es el amor maduro pero el intentar materializarlo me ha ayudado a darme cuenta de muchas cosas.

* Tomado del libro Cartas Para Claudia, de Jorge Bucay.

sábado, 30 de octubre de 2010

En materia del amor

Publicado por Luis


Asistiendo a la melancolía...

Tenemos un diplomado en probar cafés y tés.
Tenemos licenciatura en besar y cómo se hace.
Tenemos un doctorado en materia del amor,
y en lo que respecta al sexo...
¡Ni se díga!,  ¡un poco peor!

jueves, 28 de octubre de 2010

Carta 2

Publicado por Luis
(Mi anhedonía y la Gestalt II)

 Parece que sigues creyendo que los porqué sirven para algo!

    Bueno, en realidad, para algo sirven…
        Sirven para dar explicaciones…
            Para justificarme…
                Para no responsabilizarme de mis cosas…
                    Para esconderme detrás de las palabras…
                        Para excusarme…
                            Para evitar mi sentir…
                                Para relativizar mi presente a mi pasado…
                                    Para no vivir aquí y ahora.

  ¡Qué diferencia encuentro entre el casi siempre sospechoso “¿por qué?” y las preguntas más constructivas: “¿cómo?”, “¿qué?”, “¿cuándo?”, “¿para qué?”!

  A veces, pienso que el porqué se ha vuelto un vicio para el psicoanálisis, que en su eterno retornar al pasado termina pareciéndose demasiado a la arqueología. Una gran construcción teórica, muchas veces fantasiosa, basada en suposiciones y en “hallazgos” que alimentan tales suposiciones.
  -¿Cómo “suposiciones”? ¡La historia es una realidad! Yo no nací esta mañana, y mi conducta es el resultado de muchos hechos del pasado. América y todo lo que contiene no se materializó de la nada; existe aun antes de ser descubierta en 1492.
  -Bueno. Demuéstrame que existió realmente 1492.
  -Te podría mostrar libros que datan de entonces…
  -¿Sería una prueba fehaciente?
  -Bueno… prueba, prueba, no. Me podrías decir que no sabes cuándo fueron escritos esos libros…
  -Así es. Pero vengamos más cerca, ¿qué podrías hacer para demostrar que existió el mundo hace cien años?
  -Te puedo mostrar fotos, recortes de diarios, ropas…
  -¿Lo mismo que harías si tuvieras que demostrar tu existencia?
  -Lo mismo. Aunque para eso tengo mis recuerdos.
  -Bien. Intenta pensar el mundo tal como lo conoces; el mundo con todo lo que contiene, incluyendo ruinas, fotografías, libros e incluso tu propio recuerdo… este mundo que lo incluye todo es real, es aquí y es ahora. ¿Podríamos acaso demostrar certeramente, sin lugar para la más mínima duda, que este mundo no fue creado hace cinco minutos?
  -La pregunta me confunde. Demostrar, creo que no ¡pero todavía tengo mis recuerdos!
  -En primer lugar, tus recuerdos podrían ser falsos recuerdos, podrían haber sido inducidos de manera artificial. Algunos biólogos están trabajando hoy en traspaso de memoria de un ser vivo a otro. Se sabe desde hace décadas que una sencilla operación de neurocirugía podría eliminar el recuerdo de partes enteras de la memoria de cualquiera de nosotros. Es decir que, en última instancia, nuestro pasado es una suposición, una fantasía, una explicación de cómo los hechos llegaron a ser los actuales.


Nietzsche cuenta que la memoria y el orgullo discutían: la memoria sostenía que así había sucedido; y el orgullo que no podía haber sucedido así. Se miraron... ¡Y la memoria se dio por vencida!
  Además tus recuerdos son aquí y ahora. No allí y entonces.
  El recuerdo es útil, es cierto. A veces es útil.

  Pero no lo es cuando apoyo mi vida en él.
  Cuando dependo de él.
  Cuando digo: “A mí me lo enseñaron así…”.
  “Siempre lo hice así…”
  “En mi casa era así…”

Un ejemplo de Thomas Harris:

ACTO PRIMERO

En casa de la pareja.

La esposa ha cocinado un hermoso jamón al horno para su marido, por primera vez –por primera vez el jamón, no el marido…

ÉL (Lo prueba.): -Está exquisito. ¿Para qué le cortaste la punta?
ELLA: -El jamón a horno se hace así.
ÉL: -Eso no es cierto. Yo he comido otros jamones asados y enteros.
ELLA: -Puede ser, pero con la punta cortada se cocina mejor.
ÉL: -¡Es ridículo! ¿Por qué?
ELLA (Duda.): -Mi mamá me lo enseñó así…
ÉL: -¡Vamos a casa de tu mamá!

ACTO SEGUNDO

En casa de la madre de Ella.

ELLA: -Mamá, ¿cómo se hace el jamón al horno?
MADRE: -Se adoba, se le corta la punta y se mete en el horno.
ELLA (A Él.): -¡¿Viste?!
ÉL: -Señora, ¿y por qué le corta la punta?
MADRE (Duda.): -Bueno… El adobo, la cocción… ¡Mi madre me lo enseñó así!
ÉL: -¡Vamos a casa de la abuela!

ACTO TERCERO

En casa de la abuela de Ella.

ELLA: -Abuela, ¿cómo se hace el jamón al horno?
ABUELA: -Lo adobo bien, lo dejo reposar tres horas, le corto la punta y lo cocino al horno lento.
MADRE (A Él.): -¡¿Viste?!
ELLA (A Él.): -¡¿Viste?!
ÉL (Porfiado.): -Abuela, ¿para qué le corta l punta?
ABUELA: -Hombre, ¡le corto la punta para que pueda entrar en el horno! Mi horno es tan chico…

Cae el telón.

  El ejemplo es, para mí, gráfico y concluyente.
  Ahora el problema cambia: ¿cómo diferencio el recuerdo útil de la estupidez? ¿Cómo separo el aprendizaje y la experiencia, del prejuicio (etimológicamente: juicio-previo)?
  Quizá éste sea el más trascendente de los desafíos para quienes intentamos vivir nuestras vidas en conexión con el aquí y ahora.
  Me doy cuenta de que sólo puedo aportar algunos elementos:

a) La experiencia se vive en forma global, por toda la persona (holísticamente, como diría Fritz Perls). El prejuicio es sólo intelectual.

b) La experiencia puede cuestionarse en forma permanente, sin conflictos. El prejuicio es concluyente, no admite revisiones.

c) La experiencia me conecta con el episodio que vivo. El prejuicio es evitador.

d) En resumen: la experiencia enriquece a mi campo sensible, mi sentir, mi vivenciar, mi imaginar… el prejuicio me achica, me encapsula.

  El prejuicio es, en una palabra, un condicionamiento.

  Volvamos al principio. Si la idea de salud incluye la de libertad, no podemos hablar de terapia sin pensar en nuestros condicionamientos culturales, educativos, sociales.
[...]
  No dudo de que la intención de casi todos los terapeutas sea desacondicionar. Devolver al individuo su libertad, su capacidad de decidir, de actuar, de vivir… en última instancia, que recupere su capacidad de elegir.
  Elegir y hacerse responsable de la elección.
  Estoy hablando de ELEGIR. No de optar. No de descartar las alternativas indeseables y quedarme con el resto.
  Ante un sendero que se bifurca en dos caminos… uno de terciopelo y otro de espinas. Si voy por el de terciopelo porque las espinas me daña, y tú vas por el mismo porque la suavidad del terciopelo te fascina: tú eliges, yo opto.
  Me desperdigo…
  Cuando avalo mis actitudes en una orden de mis padres, en una imposición moral, en un concepto social o en un precepto religioso, no me estoy haciendo responsable de lo que hago (“Después de todo –me miento- el que obedece nunca se equivoca”).
  En cambio, cuando soy un adulto, cuando soy yo mismo, cuando no me engaño, no puedo seguir teniendo padres, moral, sociedad y religión, pero no necesito explicar ni refugiarme en ellos.
  Elijo y me hago responsable de lo que elijo.
  Ya que estamos en esto, te pido que pongas especial atención en este punto. Soy responsable de todo lo que elijo y, por lo tanto, responsable en absoluto de todo lo que hago y de todo lo que digo, aunque también lo soy de todo lo que, voluntariamente, dejo de hacer y de las consecuencias de no haberlo hecho. Y, sin embargo, no soy responsable de lo que siento ( de lo que hago con lo que siento, pero no de lo que siento). Porque esto que siento no lo elijo yo, porque no hay nada que yo pueda hacer para sentir algo diferente de lo que siento. […]

*Tomado del libro: Cartas Para Claudia de Jorge Bucay

martes, 26 de octubre de 2010

Olvido

Publicado por Luis
Se me hizo facil...


“Olvidarte es recordar que es imposible” –Ricardo Arjona-

Es poco probable que una persona tan disuelta como yo pueda hablar claramente de lo que es, con exactitud, el olvido. Soy muy transparente, tanto que basta ver mi cuerpo a contra luz para observar mis sentimientos transitando por mis venas y el tráfico embotellado de mi corazón.

Si la experiencia me enseña que nunca entenderé tantas cosas, no veo porque el olvido pueda quedar exento de esa premisa. Con todo, quisiera intentar poder expresar esa sensación quemante:

El olvido es, en palabras concretas, la eliminación total o parcial de todo vestigio del ayer. Es la tranquilidad de un malestar modesto. Ilustremos un poco el término:

Supongamos que un día “monita A”, enamorado de “monito B” encuentra rastros de infidelidad en su relación. Fúrica: monita A corre lejos de él para, según ella, acelerar el proceso curativo que supone el olvido. Pero para el olvido la distancia es un cero a la izquierda. Puedes irte a Júpiter, si así lo decides, no puedes, ni podrás alejarte de su recuerdo. La distancia es un absurdo para el amor y el desamor. Evitar un sentimiento a la persona misma esperando encontrar el olvido es una mentira como cátedra. El olvido no puede buscarse, no se encuentra. Es un malvado sarcástico con un mensaje como estandarte, fuerte como un mitin revolucionario o un comunicado militar. Más frío que las lunas de Neptuno juntas en un mismo espacio. Más contundente que la verdad cruel de que el mundo no va a cambiar dicha sin tacto ni sutileza a algún intelectual orgánico idealista. Es más cruel, incluso, que el desamor mismo y los estragos de un corazón roto. Con todo esto, el olvido es la gota de agua en el desierto, la mano tibia en tiempos de flaqueza, el jaque al rey después de una larga y complicada partida de ajedrez.

No sé si me explico. El olvido no tiene orgullo ni piedad, y sin embargo es ambas cosas. No tiene motivos ni razón, pero acude a la soledad, a la tristeza y es calma en tiempos de dolor, paz en tiempos de guerra.

Para el olvido no basta la soledad, no es recíproco. No es proporcional ni a la abstinencia ni al desenfreno, pero sí existe una diferencia de proporciones dinosáuricas entre lo uno y lo otro. Acude a sanar más pronto al mártir que al loco empedernido. Y no es que sea racista y haga distinción de bondades; es, simplemente, que llega al que paciente carga solo con su dolor y tarda menos en encontrar al que reparte culpas de mil modos para buscar desahogo.

Pero a pesar de que el olvido, tardío, llega, su permanencia no es eterna y no es garantía factible de que no habrá secuelas de recuerdos. El trabajo del olvido es purgar, no distraer (eso ya depende de uno). Porque cuando sientes que ya todo está en orden… ni te acuerdas de él.

Soy una persona incapaz de recordar lo que es el olvido. Lo he olvidado veces anteriores. Tantas, que ya ni me acuerdo…